María Fernanda Restrepo, Con su corazón en el Yambo


María Fernanda Restrepo, tuvo una vida muy distinta a la de la persona común. Su paso de la niñez a la adolescencia lo vivió entre carteles de protesta, el llanto de su madre, la protección de su padre, el ballet, el colegio y el recuerdo de sus dos hermanos desaparecidos.


Por: Carolina Llaguno
María Fernanda Restrepo, Con su corazón en el Yambo

Hoy, a sus 33 años, María Fernanda decide volver a abrir esa caja de Pandora, retomar su historia, revivirla y descubrir en ella no sólo hechos, datos, nombres, mentiras y verdades, sino también emociones y sentimientos que vuelven a ella después de 23 años de una lucha que no ha decaído.  Esta historia no es solo la suya sino un reflejo de muchas vidas que de forma directa o indirecta, han sido víctimas de crímenes de Estado.

“Con mi corazón en Yambo” es el primer largometraje de María Fernanda, una producción de cine de autor con una mirada íntima, que relata su historia familiar, una historia que se ha convertido en el emblema de la defensa de los Derechos Humanos en el país. Desde hace ya 4 años, María Fernanda, viene recopilando la información que dio cuerpo a este filme, desde la concepción de la idea, el levantamiento de datos, el guión, recuperación de archivos, edición y post producción.

¿Qué hizo el proceso tan largo?

Primero, la espera para la búsqueda en Yambo que en realidad era una de las partes fundamentales de mi vida, más que del documental. Y es que la reapertura de la búsqueda hizo que yo espere mucho tiempo para el rodaje. Además, complicaciones en la salud de mi papá, trabas de permisos en los recintos policiales complicaron la cosa.

Luego, en la edición, el revisar todo el archivo: cientos de horas de grabación en audio y en video, cosas que no había visto ni escuchado y eran muy duras de asimilar. No es un trabajo común y corriente porque me hizo enfrentarme con una parte de mi historia familiar que no había vivido porque cuando todo sucedió yo aun era muy niña. Entonces  hubo veces  que debí frenar.  Incluso, en ocasiones, el editor, Iván Mora,  y yo nos quedamos totalmente perdidos por la dureza de la historia o de las palabras de mi mamá. Fueron 150 horas de cassette grabadas y  más 40 horas de material de archivo.

Así que fue muy difícil llegar a un producto final. El primer corte fue de 5 horas que luego se redujo a 3, hasta que finalmente quedó en 2h15. Es un documental largo, pero ya no veía por donde cortar. Este es el producto que yo le entrego al país.
Quería ser yo la que encuentre la verdad de lo que sucedió y lo único con lo que me topé fue con muros de silencio.

¿Qué fue lo que no habías vivido directamente que descubriste en este proceso?

No descubrí casi nada… quería descubrir muchas más cosas. Quería ser yo la que encuentre la verdad de lo que sucedió y lo único con lo que me topé fue con muros de silencio, las mismas negativas, la misma complicidad estatal. Pero descubrí sí, la memoria y la solidaridad infinita de mucha gente. Y algo que siempre estuvo ahí, fue el amor de mi papá.

Con este trabajo surgió la primera conversación de verdad con mi papá. Fueron 15 horas de entrevista donde hablamos sobre lo que pasó. En esas horas recorrí con él su vida  desde el momento en que llegó al Ecuador, hasta ahora. Fueron importantes, valiosos y hermosos descubrimientos para el corazón que sólo me hacen quererlo más y admirarlo tanto.

¿Alguna vez dudaste en revelar algo de la información que ibas encontrando?

Sí, de hecho hay algunas cosas que se quedaron fuera, muchos momentos de mucho dolor íntimo: escenas de mi mamá donde llora hasta el cansancio, entrevistas de mi papá donde se quiebra y llora mucho.  Pero más que eso, creo que no quería darle al país una historia de sólo llanto, por eso las escenas más duras fueron dejadas de lado. Se quedaron también, relatos de mi padre en los que dijo que mi mamá se olvidó de que tenía una hija porque perdió dos hijos.

¿Cómo abordas lo que esta experiencia le generó a tu madre?

Lo que pasó fue una situación que hizo que ella  perdiera la cabeza y el corazón. Pero ella siempre fue una mujer muy lúcida, aunque la policía la quisiera hacer pasar como loca.  La policía llegó incluso a decir que estos niños no existieron, sino que eran una invención de dos padres locos que querían hacerle daño al Ecuador. A ese nivel llegó la estupidez policial y estatal.

Entonces ella si perdió la cabeza, pero del dolor.  Mi papá cuenta que cuando yo tenía 15 años mi mamá me llevó a comprar un vestido para una fiesta. “Ahí su mamá volvió a tener una hija de nuevo, porque no tenía hija. Yo era su papá y su mamá a la vez”, me dijo.

¿Te sentiste invisibilizada por tus padres al ocuparse de lleno en el caso de tus hermanos?

En alguna parte de la película explico que tanto mi madre como yo nos ausentamos por igual, porque yo me aparté también de ella. Yo, a mi corta edad, no resistía ver el cambio en mi mamá que, pasó de ser completamente alegre, con una risa infinita y de un buen humor espectacular; a ser una mamá que pasaba llorando todo el día, desesperada, desfalleciente, sin comer, tomando pastillas para los nervios. Fue un cambio muy duro.

Entonces nos separamos, hubo una ruptura muy fuerte.  Obviamente el amor estaba ahí, pero yo me apegué más a mi papá. Con mi mamá recién empezamos a retomar la relación afectiva cuando tenía 15 años. A los 16 se murió… falleció en el accidente.

¿Alguna vez sentiste que la recuperaste?

Sentí que la estaba recuperando en un viaje que hicimos a la playa después de muchos años de no ir a ningún paseo.  Luego del viaje ella falleció.
Pero no creo que fui invisibilizada porque mi vida sí continúo común y corriente. Mi papá nunca permitió que mi rutina cambie, siguió llevándome todos los días al colegio y recogiéndome todos los días, así él tuviera que ir los juzgados y mil cosas extras.  Yo esperaba aunque sea hasta las 3 de la tarde fuera del colegio, muerta del hambre, pues comprendía lo que estaba sucediendo.

Ellos siempre trataron de protegerme, mi colegio siguió igual, seguí estudiando, es más, me volví buena estudiante (que no era) y me enfoqué en el baile que fue como un escape. El ballet me rescató en ese sentido.

En mi casa si había mucho llanto, pero también había que armar carteles, cartas y yo también estaba inmersa en la historia, pero no en todos los detalles. No sabía quién era quién, ni quién el culpable, oía nombres, pero no tenía todas las fichas de ese rompecabezas.
Hay cosas por las que hay que  sufrir, lo demás son pendejadas…

¿Esto acortó tu niñez?

No, no la acortó, la hizo mucho más madura y fue una niñez feliz en el sentido de valorar realmente los momentos de felicidad que tiene uno y  que son pocos… son contados con los dedos. Aprendes a aferrarte, a deleitarte y encantarte con los buenos momentos, a reír con ganas y no quejarte de la nada.

Porque hay cosas por las que sufrir, lo demás son pendejadas. Se que mi dolor no es más que el de ninguno, cada uno tiene sus sufrimientos y cada uno sabe cómo enfrentarlo. En eso está la clave del asunto: sentir el dolor, transitar por el dolor, pero no quedarse anclado.

Tuviste la oportunidad de entrevistar a los implicados en la captura de tus hermanos ¿Crees que pudiste hacer las preguntas necesarias y que tuviste las palabras justas para dirigirte a ellos?

No. Sentí que faltó todo. Fue una locura, empezando porque no esperaba encontrarme con cinco de ellos a la vez. A mí me llamó sólo uno de ellos a hablar, pero siempre vienen en grupo, porque así son los cobardes.
Yo no estaba preparada con las preguntas, ni sabía exactamente qué había hecho cada uno para caerle con algo, ese rato estaba armando el rompecabezas mientras les empezaba a preguntar, pero siempre me faltó algo. De hecho, con el documental no pude cerrar el caso porque no sabemos toda la verdad, siempre pienso que pudo haber sido mejor. Lo más difícil de estas entrevistas es que uno pregunta algo y ellos responden algo completamente distinto, están enseñados a desviar la atención en las respuestas, a chocarte con un muro.

¿Encontraste algo que te sorprendió, algo que no supieras?

Hubo encuentros inesperados, que no voy a revelar para la gente que aún no ha visto el documental las descubra.  Pero puedo decir que fue tenaz, hubo cosas que descubrí por mí, entrevistas que antes no se habían revelado, gente que no quiso ir al juicio porque fueron amenazadas y yo las pude entrevistar.

También hay cosas que he ido descubriendo después del documental  y que han sido súper duras. Por ejemplo, me sorprendió el encuentro con un joven en Cuenca, quien luego de ver el documental me contó que el mismo día que cogieron a mis hermanos, el 8 de enero, a él y a su hermano -que tenían 15 y 18 años- también los cogieron. Andrés y Santiago tenían 14 y 17años. Ese día los llevaron a la penitenciaría, los torturaron y  me dijo que no sabía cómo se salvaron. Esto quiere decir que ese mismo día buscaban a dos chicos del mismo tipo y edad que mis hermanos, solo que mis hermanos murieron.

¿Qué intentas con este documental?

No creo en la sanaciones, ni en las limpias, ni en las purificaciones. Esto no es una limpia, ni un exorcismo, ni un punto final. Mientras no exista la verdad absoluta, mientras no se recuperen los cadáveres, mientras no se sepa quienes más estuvieron involucrados en este crimen y toda la verdad, pues uno no puede estar limpio del todo.

Con este documental lo que quiero es refrescar la memoria de un país, aportar mi grano de arena a la historia. Esto dejó de ser una historia familiar y se convirtió en una historia nacional, en una historia de los libros, de los relatos de los abuelos y de los padres a los hijos.

Aunque es una historia muy complicada de entender, yo quise aterrizarla de manera que los jovenes la entiendan y la vivan, para que esta nueva memoria nos mantenga vivos, pues es lo único que nos mantiene en pie. La memoria hace que no mueras…

¿En algún momento de la realización del documental recibiste alguna amenaza?

No, pero me asaltaron un día antes de ir a Yambo. Me quitaron muchos cassettes ya filmados. Ese día yo había estado en los archivos policiales haciendo la filmación de los archivos de la Comisión de la Verdad. Y ahí descubrí las fotos de nosotros en la Plaza, muestra de que nos espiaban y nos identificaban y fichaban como los peligrosos, a mí y a mi familia. Ese día nos asaltaron y me tocó filmar de nuevo.

Antes, en los momentos más duros de la lucha por mis hermanos, nosotros recibíamos a diario llamadas amenazantes: “Salgan de ahí”, “les vamos a matar”, “a cuánto venden la casa” cuando la casa no estaba en venta.  Pero mi papá y mi mamá dijeron “aquí nos van a tener que matar a todos juntos, pero de aquí no nos vamos”. Creo que de ahí aprendí y no tuve miedo o nunca me fijé en el peligro.
María Fernanda Restrepo, Con su corazón en el Yambo

María Fernanda Restrepo, Con su corazón en el Yambo

María Fernanda Restrepo, Con su corazón en el Yambo

Estudió periodismo y producción de cine y televisión en la universidad San Francisco de Quito.

Trabajó alrededor de tres años en el programa La Televisión, para luego viajar a Barcelona a estudiar un masterado en creación de documental y un posgrado en creación de foto para cine.
María Fernanda Restrepo, Con su corazón en el Yambo